Es el rincón íntimo que corona la bahía de Atlántida. Lugar de “unos pocos privilegiados”, como decía la propaganda de hace más de 50 años, cuando un grupo, precisamente de argentinos, descubrió esta maravilla.
Totalmente diseñada acompañando la naturaleza, sin desvirtuala, hasta sus calles tienen la originalidad del trazado que sigue la poendiente natural. Es como un anfiteatro, cuyas columnas son los pinos, y el mar el escenario.
Es un proceso inverso al de los otros balnearios, primero se trazo la parte Norte (cuando aún no existía la Ruta Interbalnearia), dejando lo mejor para el final.
Usufructuando, por ser lindera, de todas las ventajas de la gran ciudad Atlántida; goza de un recogimiento que la hacen apta para la inspiración creadora, o el merecido descanso.
Una cabeza de águila de piedra, sobre la proa de un barco, construida hace ya casi un siglo como atelier, constituye el símbolo legendario que las embarcaciones descubrían con asombro; al mismo tiempo que representa valuarte de la lucha contra la misma naturaleza.
En efecto, los barrancos del lugar, que son su mayot belleza, se transforman en lechos de cascadas para la caída de las lluvias, que al juntarse con las crecientes del mar, abren grietas y luego cárcavas, entablándose una batalla de terrenos en la que el agua le va ganando a la tierra.
Afotunadamente, las espigas de hormigón, construidas hace más de 20 años, han alejado el peligro y minimizan el problema. Y hace más de 25 años obtuvo su “independencia”, al lograr su Comisión de Fomento la personería jurídica, al mismo tiempo que su Sede, propia.
Buenos accesos a la arena; la iluminación y una abundante agua corriente, cuya pureza tiene fama bien ganada, hacen que sin perder el encanto de Naturaleza, sus moradores zafrales y permanentes, puedan sentirse tan cómodamente como en la gran ciudad.
Fuente: Suplemento El PAÍS (Bienvenidos a la Costa de Oro de Canelones)
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